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Guion: Fragmentos Rotos - Amor Fugaz - Danny Crux - Danny Crux

Fragmentos Rotos - Amor Fugaz - Danny Crux

Escrito por: Danny Crux
Fecha: 24/07/2026
Contacto: editorialeszuai@gmail.com

Fragmentos Rotos - Amor Fugaz - Danny Crux

Un hombre alto, de ojos grises, se me atraviesa de repente cuando estoy cruzando la calle, arrancándome un susto. No debía tener más de veinticinco años. Venía acompañado de un grupo de amigos. No miento: tenía un cuerpo de infarto. A medida que se fueron acercando, los nervios me invadieron. El primer hombre me tomó de la mano y me sonrió con malicia. Intenté retroceder y gritar, pero parecía que nadie podía oírme, nadie venía a rescatarme. De un tirón, me rompió el vestido y me arrastró hacia un callejón. Mis piernas comenzaron a temblar. Sentí un golpe en el rostro que me arrancó el aliento; el dolor y la rabia se mezclaron, llenándome el alma. Las lágrimas nublaron mi vista, hasta que todo se volvió borroso y perdí la conciencia. De pronto, me vi lanzada hacia la avenida. Un golpe brutal en el costado derecho me dejó sin aire. Ruido. Ruido en mi cabeza que retumbaba cada vez más fuerte. Abrí los ojos lentamente. Imágenes de rostros desconocidos me observaban con horror. A lo lejos, logré distinguir un carro destrozado. La sirena de una ambulancia cortaba el aire. Intenté levantarme, pero el dolor en las piernas era insoportable. Apenas podía respirar. Suplicaba, con lo poco de fuerza que me quedaba, que no me dejaran morir. Poco a poco, el tiempo comenzó a disolverse. Imágenes fugaces pasaban por mi mente, cada vez más rápido. Una luz apareció… y todo se volvió oscuridad. El dolor era insoportable. Un pitido constante y lento retumbaba en mis oídos. Lentamente, fui abriendo los ojos. Paredes blancas me rodeaban; parches fríos en mi pecho, cables conectados a mi cuerpo. Un dolor punzante me atravesaba la cabeza y la pierna derecha. —¡Dios mío, despertaste! —una dulce voz masculina sonó cerca de mí, cargada de emoción. —¿D… dónde estoy? —pregunté con dificultad. —Estás en el hospital. Es mejor que no hables, estás muy delicada. Ya vuelvo, voy por la doctora. —El hombre salió disparado, su voz era una mezcla de alivio y advertencia. Instantes después, entró una doctora de mediana edad. Tenía el cabello castaño claro, recogido, y unos ojos marrones llenos de calidez. Me dedicó una sonrisa tranquilizadora. —Bienvenida, Diana —dijo con voz suave, aunque yo no recordaba haberle dicho mi nombre—. ¿Cómo te sientes? —Con… mucho dolor —contesté con voz quebrada. —Es normal, tuviste un accidente. Vamos a ponerte un tranquilizante para ayudarte. Estuviste inconsciente por más de dos meses —explicó rápidamente. Luego añadió:— ¿Tienes alguna pregunta? Me quedé callada. El dolor me nublaba los pensamientos. ¿Accidente? ¿Cuál? ¿Dónde estaba? No encontraba palabras para explicarle que no recordaba nada. Mi mente era un desierto. Miles de ideas se agolpaban, pero ninguna tenía sentido. Sentí una mano apretando levemente la mía. Una enfermera había llegado y estaba aplicando un medicamento en el suero. Poco a poco, el sueño me arrastró de nuevo hacia la oscuridad. ¿Qué me ocurrió? Cuando desperté otra vez, la doctora me miraba con paciencia. —¿No recuerdas nada de lo que pasó? —preguntó. Negué con la cabeza. —Tras un trauma como el que sufriste, es normal que tu mente bloquee los recuerdos —dijo con voz grave—. No quiero atosigarte con preguntas. Por ahora, concéntrate en sanar. Vas a sentir dolor estos días mientras las heridas cicatrizan. Tres personas me observaban en silencio. Sus miradas cargadas de lástima me enfurecieron. Los resultados médicos habían confirmado lo que mi mente se negaba a procesar: había sido víctima de un abuso sexual. No recordaba mi nombre. No recordaba qué había pasado antes. Nadie sabía quién era yo. No tenía identificación, ni documentos, ni familiares que me buscaran. Era una NN en un país desconocido. Ese vacío aterrador me asfixiaba. Esa noche, la habitación estaba iluminada apenas por la tenue luz de la luna llena. Abrí los ojos y vi al hombre que me había hablado antes, dormido en una silla, a mi lado. Se le notaba agotado. No quise despertarlo. Me quedé quieta, perdida en el intento desesperado de recuperar mis recuerdos. Y por primera vez, entendí lo sola que estaba en el mundo.
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